En un mitin efectuado en La Habana, el presidente Miguel Diaz-Canel quien, bajo los efectos de un volumen de trabajo agotador y enormes tensiones, madura rápidamente, después de denunciar las manipulaciones externas y la función tóxica de las redes sociales, y mencionar algunas causas y condiciones que explican los recientes disturbios en la Isla, introdujo una novedad al señalar:

“Nada de esto que denunciamos hoy nos aparta de la necesaria autocrítica, de la rectificación pendiente, de la revisión profunda de nuestros métodos y estilos de trabajo, que chocan con la voluntad de servicio al pueblo, con la burocracia, las trabas y la insensibilidad de algunos que tanto dañan” (SIC).

Aun desconociendo el contenido y el alcance que pueden tener las autocríticas, el solo hecho de reconocer su pertinencia es trascendental y puede colocar al liderazgo nacional y a las instituciones asociadas al poder, incluidos el estado, el gobierno y Partido y a las organizaciones sociales que quieren representar a la sociedad civil y ser “correas de transmisión”, en el camino correcto.

Un escenario apropiado para ese ejercicio que será útil en la medida que sea honesto, integral y profundo, pudiera ser un foro de la sociedad civil, ampliado con elementos y personalidades como economistas y cuadros, en activo y jubilados, intelectuales, científicos sociales, politólogos, profesores, que aunque comprometidos con el proceso, durante años han realizado advertencias y emitidos juicios críticos que el poder ha echado en saco roto o mal interpretado al mezclar a estas personas con otras posiciones.

Un encuentro así, plural, incluso con participación de cubanos honestos y patriotas que viven fuera, sin prisas ni apremios, vinculante, sin agenda ni jerarquías y con exclusión de loas, consignas o evocaciones históricas, pudiera ser un comienzo.

Cualquier reflexión tiene necesariamente que comenzar por las consecuencias de haber soslayado durante treinta años una indagación sobre las razones que llevaron al fin de los regímenes socialistas en Europa Oriental y al colapso de la Unión Soviética cuyas instituciones, prácticas e ideas, Cuba incorporó y mantiene vigentes. No se trata de un ejercicio académico, sino de estrategias de supervivencia encaminadas a evitar que lo ocurrido allí, se repita aquí.

Haber sobrevivido bajo la dirección de Fidel Castro y por fenómenos casuales como la presencia de Chávez, creó espejismo que otros identificaron correctamente y durante treinta años, especialmente en los últimos diez, en la red y medios de prensa, han advertido de los errores. Alguno señaló que no le interesaba tener razón, sino “promover ideas y mover el pensamiento”. Exactamente por ahí debería comenzar la autocrítica: por mover el pensamiento político y económico que en Cuba se congeló.

Obviamente ninguna reflexión autocrítica devolverá al país los más de 10 años perdidos, desde que, en 2010, Fidel avisó que: “El modelo no funciona ni para nosotros…” y Raúl Castro advirtiera que “Cambiamos o nos hundimos” y de que, en 2011 el VI Congreso del Partido convirtiera algunas de sus ideas para impulsar la reforma en directivas, increíblemente engavetadas.

    Citando de memoria recuerdo que fue el 27 de marzo de 1962 cuando al comparecer en televisión para denunciar las deformaciones sectarias introducidas por algunos líderes del antiguo partido marxista, escuché a Fidel citar por primera vez a Lenin: “La seriedad de un partido revolucionario ―dijo― se mide por la actitud ante sus propios errores”. Tampoco ahora me interesa tener la razón, quien la tuvo y debe ser escuchado fue Fidel. Luego les cuento más. Allá nos vemos.