Los líderes del talibán tienen donde escoger. A sangre y fuego pueden arrastrar a su país al medioevo o tratar de dejar atrás pesados atavismos y avanzar al siglo XXI. Nada será fácil pero lo último será un tránsito más feliz. Ellos tienen la palabra.

En clases disfruto al explicar las Cruzadas. Siempre comienzo del mismo modo: “Allá por el 1095, el papa católico Urbano II convocó a los monarcas y fieles católicos de Europa a la guerra santa para liberar Jerusalén de los jerosolimitanos, que era como llamar a los occidentales a liberar a China de los chinos”.

Quienes hoy escriben: “Los Talibanes toman Afganistán”, “Cae Kabul en manos de los talibanes” y otros titulares análogos, pasan por alto el detalle de que los talibanes son afganos. Los invasores eran los estadounidenses y otros efectivos de la OTAN que, durante 20 años por la fuerza y con la anuencia de gobiernos y nacionales clientes, ocuparon ese país en nombre de la lucha contra el terrorismo.

Como movimiento político los talibanes (estudiante en árabe) debutaron en 1979 cuando en las “madrazas” de Pakistán, escuelas de nivel superior en las cuales se educa a la élite política del radicalismo islámico, fueron reclutados por los servicios especiales occidentales para vertebrar un movimiento de resistencia armada a la ocupación soviética.

Todo comenzó cuando 55.000 efectivos soviéticos invadieron Afganistán. Así nació un movimiento de resistencia liderado por una élite islámica radical, intelectualizada e ideológicamente definida que financiados, armados y apoyados políticamente, encabezaron la lucha contra los invasores y los títeres que los apoyaron. Así los talibanes que originalmente no eran terroristas ni guerreros, se constituyeron en el único movimiento islámico que disfrutó de las simpatías de los gobiernos, la opinión pública y la intelectualidad occidental.

A los talibanes de hecho, se sumaron las tribus y etnias afganas y, en un escenario tribal y políticamente primitivo, se enfrascaron en una lucha contra las tropas soviéticas en un empeño que los sobrepasó porque, condicionado por la Guerra Fría, combinó la liberación nacional, la lucha contra el comunismo y la confrontación con los gobiernos nativos con las aspiraciones de expansión del islam. En 1988 Gorbachov, reconoció que la invasión había sido un “Error político” y tocó retirada.

Así los talibanes llegaron al gobierno y saborearon “las mieles del poder”. Por razones diversas las etnias y tribus que los habían apoyado entraron en contradicción y comenzó la guerra civil, librada con una enorme crueldad de todas las partes. Por añadidura los vencedores aplicaron a rajatabla la “sharia” o ley islámica que, dicho sea de paso, ellos no inventaron. En realidad, el infame trato a las mujeres y las niñas vigente allí son normas de los pastunes, etnia islámica dominante en el país que existía dos mil años antes de que ellos llegaran a Kabul.

En 2001, en respuesta a los atentados del 11/S en Nueva York, Estados Unidos, con la excusa de que allí se había preparado y dirigido la operación y que en las montañas afganas se escondía Osama Bin-Laden, invadió el país. Derrocando a los talibanes que otra vez comenzaron la guerra contra el invasor, esta vez contra Estados Unidos. Esa lucha es la que acaba de concluir.

En muchos aspectos el talibán es indefendible porque se trata de un movimiento político envilecido por el tribalismo, el fundamentalismo, la violencia extrema, el terrorismo y el narcotráfico y que oprimió a su pueblo con extremada crueldad, por todo lo cual es condenable. Pero no son condenables por enfrentar a tres superpotencias invasoras y a varios gobiernos vendidos al ocupante.

Afganistán que conserva intacta una arcaica estructura tribal sustanciada por el fundamentalismo religioso, es el prototipo del “estado fallido”, no solo por culpa del talibán sino de prácticamente todas las potencias occidentales y de Rusia a lo largo de miles de años. Si bien es cierto que, en milenios, Afganistán no ha sido sometido, tampoco ha podido consolidar su independencia. No hay allí ni un solo rasgo de modernidad política.

 Tal vez, su lucha y la Providencia han otorgado al talibán una segunda oportunidad histórica de gobernar el país y enrumbarse a la modernidad y, con cuarenta años de experiencias y nuevos liderazgos, pudiera avanzar por nuevos caminos. Antes ocurrió así cuando Kemal Atatürk reunió los despojos del Imperio Otomano y con ellos fundó la Turquía moderna, experiencia repetida por Nasser en Egipto, Ben Bella en Argelia, Sadam Hussein en Irak, Hafiz al-Assad en Siria, Reza Pehlevi en Irán, Yasser Arafat en Palestina y otros que construyeron estados laicos en naciones musulmanas del Oriente Medio.

Por las dudas, no me dan pena los imperios vencidos y me arriesgo a conceder a los talibanes de hoy el beneficio de la duda. No serán suizos, pero pueden ser islamistas moderados, con lo cual basta. Allá nos vemos.