En mi precoz formación cultural socialista, una de las primeras categorías que aprendí fue la de “Comunismo Primitivo” que, según los textos de entonces, era el estatus social vigente cuando la humanidad daba sus primeros pasos y se desconocían el dinero, los liderazgos, la política y el poder.

Cuando en 1867 Karl Marx concluyó el primer tomo de su obra El Capital, su amigo, Federico Engels, le sugirió escribir una versión popular. Marx respondió: “Nadie mejor que tú para hacerlo …” Así nació: Del Socialismo Utópico al Socialismo Científico.

Aunque la obra forma parte de sustratos culturales que aprecio, casi había olvidado hasta ahora cuando me percato de que, tras el colapso del socialismo real, el proyecto soviético, totalmente trascendido, forma una especie de “socialismo primitivo” que hubiera requerido una transición, no  regresiva como la que llevó a aquellas sociedades al capitalismo, sino avanzada que pudo haber conducido a un socialismo moderno.

 Aunque a debutantes y conversos se nos enseñó que, a diferencia del capitalismo surgido espontáneamente y donde predominaba la anarquía, el socialismo cuya construcción se inició con el triunfo de los bolcheviques, se realizaba a partir de un plan, lo cual era falso. Nunca hubo tal plan, sino una improvisación, aunque heroica e idealista y creadora, errática y requerida de reformas que nunca llegaron.

De la improvisación formó parte la creación de la nueva estructura de poder, de la cual formó parte el “estado de nuevo tipo” basado en la “dictadura del proletariado” expresión antipática en la Europa del siglo XX y que cerró el círculo cuando, para amparar las arbitrariedades de los años 30 en la URSS, se declaró que: “Aquella dictadura se ejercía sobre el propio proletariado”.

Una peculiaridad de las sociedades que adoptaron la matriz soviética para construir el socialismo, figura el predominio del estado/partido, la excesiva centralización del poder y un predominio de la burocracia política que prevaleció, no solo respecto a la economía sino a la vida social en su conjunto. Del entorno político fue excluida toda oposición, luego todas las facciones o corrientes y más tarde toda crítica. De ese modo, porque poseía méritos extraordinarios, el proyecto prosperó, pero le ocurrió lo que ocurre a los organismos anómalos que, al crecer, con ellos crecen las anomalías.

Sucedió algo que Rosa Luxemburgo, a la vez que marxista, apasionada demócrata convencida, había advertido a Lenin cuando le recordó que: “…Abolir la democracia burguesa no puede significar abolir toda la democracia”.

En aquellos países, no solo era estatal la economía sino toda la actividad social, la gestión asociada a la misma y la administración de la cosa pública. Si bien el estado recibía allí todos los lucros de la economía que, debido a una ineficiencia estructural endémica, eran pocos, también asumió todos los gastos y todos los costos, entre ellos el sostenimiento de una enorme burocracia.

   A esa problemática se sumó el carácter asistencial del estado que mediante políticas sociales proveía gratuitamente servicios de educación y salud, deporte y prácticamente toda la actividad cultural, las ediciones de libros y revistas, la producción y la exhibición cinematográfica, así como la recreación, subsidiando además los precios de los artículos de primera necesidad y los servicios públicos: agua electricidad, gas, viales. Todo ello complementado con generosos planes de seguridad social.

   Aquel modelo exportado y en alguna medida impuesto por la Unión Soviética a los países de Europa Oriental y del cual China comenzó a tomar distancia desde los años sesenta, funcionaba con enormes pérdidas económicas que eran cubiertas por la ayuda soviética.

Cuando aquel modelo llegó a Cuba y fue asumido como un paquete completo, incluida la institucionalidad política, el papel del partido y el parlamento cooptado, las concepciones acerca del derecho y la cultura, todavía no era el “socialismo primitivo” que llegó a ser en el momento del colapso y con más razón es hoy.

Si bien el modelo socialista primitivo es inviable, no lo sería una versión democrática que dé continuidad a las mejores aspiraciones de justicia social y libertad, arroje el lastre de dogmas y malas prácticas y formule una estrategia que resuelva los déficits de democracia, realizables por un estado socialista de derecho. Para ello no basta con parches, sino que se requiere de cambios de mentalidad que propicien reformas integrales y profundas, multilaterales y sobre todo urgentes.

El socialismo conserva rasgos primitivos, no porque se inspire en las ideas de Marx que son antiguas sin por ello ser obsoletas, sino porque se inspira en ideas entronizadas desde el modelo soviético cuya inviabilidad no es necesario probar porque lo probó su implosión.

El presidente Diaz-Canel lo sabe y ha llamado a avanzar en la construcción de un modelo de sociedad de justicia social y estado de derecho que ha de ser autosustentable, para lo cual, además de económicamente eficaz, necesita ser, sea inequívocamente democrático y moderno. Para lograrlo no se necesita magia, sino flexibilidad, tolerancia y sentido de la dialéctica. Fidel lo dejó dicho: “Sentido del momento histórico.” Allá nos vemos.