NILSA Y RIVERO EN MI RECUERDO (primera parte)
Salvador Capote
Un artículo que publiqué en Revolución, órgano oficial del M-26-7 (se fusionaría más tarde con el diario Hoy para dar lugar al Granma), despertó bastante interés en algunos compañeros, sobre todo después del ajusticiamiento del tirano Rafael Leónidas Trujillo, porque en mi artículo aseguraba que “Chapitas” había llegado al final de su historia debido al repudio universal que había provocado; era ya un estorbo para el gobierno de Estados Unidos y muy pronto sería eliminado. Uno de estos compañeros fue el capitán Rafael Rivero, quien quiso conocer cuáles eran mis fuentes. Aunque teníamos una amistad de mucho tiempo, me costó trabajo convencerle de que no había fuente alguna, que era pura deducción basada en la experiencia histórica.
No era la primer vez que Rivero se interesaba por el sátrapa dominicano. Sólo unos pocos meses después del triunfo revolucionario, Rivero me invitó a comer en un restaurante chino situado en 23 y 12, en el Vedado. Nos sentamos en una mesa apartada y me hizo una propuesta que me dejó frío: cumplir una misión en República Dominicana. Como mi respuesta fue afirmativa, me adelantó algunos detalles: aprovechando los vínculos con Batista (éste se encontraba hospedado por Trujillo) de un familiar mío, me crearían una fachada conveniente, saldría exiliado y, después de recorrer algunos países, terminaría en Santo Domingo. Volvió a preguntarme si estaba dispuesto. Esta vez lo pensé un poco más pues no me gustaba nada el hecho de salir de Cuba disfrazado de esbirro o de traidor; no obstante, le respondí que, si se trataba de algo vital para la Revolución, lo haría.
Impaciente, después de unos días pasé a ver a Rivero al hotel Rosita Hornedo (luego Sierra Maestra) donde estaba viviendo temporalmente, en busca de noticias. Me dijo que no habían aprobado el plan en instancias superiores, que olvidara lo que habíamos hablado y no lo contara a nadie, aunque sabía que en mi caso la advertencia era innecesaria. El que haya leído hasta aquí convendrá conmigo en que 62 años de silencio es más que suficiente.
Yo sentía gran afecto y respeto por Rivero y por su esposa Nilsa Espín; admiraba su modo de vivir sencillo y austero y, sobre todo, su entrega total a la Revolución. Militantes comunistas convencidos, no era fácil hacer amistad con ellos porque eran exigentes ideológicamente pero, una vez cruzada esa barrera por el trabajo conjunto con un mismo objetivo revolucionario, eran de un trato muy familiar y sincero. Exigentes sí, pero no intolerantes. Yo mismo era prueba de ello pues provenía de una familia de clase media alta. Era, en términos marxistas, un pequeñoburgués y, por añadidura, con formación religiosa. Estoy seguro, sin embargo, de que tanto Rivero como Nilsa siempre confiaron en mi.
Con Rivero y Nilsa viajé, en octubre de 1958, a Bruselas, Bélgica, con el fin de participar allí en el Congreso Internacional de los Derechos del Hombre y presentar un documento de condena de los crímenes que cometía la tiranía de Batista. Redacté un extenso documento con toda la evidencia que habíamos acumulado, Nilsa lo tradujo al francés y, en copias mimeografiadas, lo entregamos a todos los delegados, la prensa y a los invitados. En las resoluciones del Congreso se incluyó que Cuba y Argelia eran los dos países en que más flagrantes eran las violaciones de los derechos humanos.
NILSA Y RIVERO EN MI RECUERDO (segunda parte)
Salvador Capote
Poco tiempo antes de la celebración del Congreso Internacional de los Derechos del Hombre, en Bruselas, Bélgica, al que me referí en el post anterior, ocurrió la muerte en París de Fréderic Joliot-Curie, Premio Nóbel de Química y destacado miembro del Comité Central del Partido Comunista Francés. Rivero y Nilsa decidieron asistir a los funerales e insistieron en que los acompañara. Asistir era considerado por ellos un deber moral y yo simpatizaba también con Joliot-Curie no sólo porque había sido uno de los científicos más importantes de aquella época sino porque, además, fue uno de los grandes héroes de la Resistencia Francesa contra el fascismo y la ocupación alemana.
Cuando Rivero y Nilsa luchaban en la clandestinidad, en Santiago de Cuba, Nilsa utilizaba como nombre de guerra “Madame Curie”, seguramente porque se identificaba de alguna manera con esta figura histórica. Pero hay dos “Madame Curie”. Una es María Curie, físico-química polaca, naturalizada francesa, que fue la primera mujer que obtuvo un Premio Nóbel, la primera persona que lo recibió dos veces y la primera mujer profesora en la Universidad de París. La otra, su hija Irene Curie, que recibió también un Premio Nóbel y fue activista pionera en defensa de los derechos de la mujer. Por su militancia en el Partido Comunista, fue detenida al llegar a Estados Unidos, invitada por el “Joint Antifascist Refugee Committee” impidiéndole hablar en apoyo de los refugiados españoles. Tanto María como su hija Irene tuvieron que superar las fuertes barreras discriminatorias que existían en la época contra la mujer. Al casarse Irene Curie con Fréderic Joliot, acordaron fusionar ambos apellidos, contrariando la costumbre de que la mujer adopotase el apellido del esposo. En lo adelante se llamarían Irene Joliot-Curie y Fréderic Joliot-Curie. Nada tiene de extraño que estas dos mujeres extraordinarias sirvieran a Nilsa de paradigma al comenzar sus actividades revolucionarias en la rebelde ciudad oriental.
Viajamos en tren hasta Sceaux, en Haute-de-Seine, en los suburbios de París, donde sería el entierro. Al salir del andén, encontramos una multitud tan compacta que costaba trabajo avanzar. “¡Caramba Rivero –le dije en broma- nunca había visto tantos comunistas juntos!”. En aquella época, las comunidades obreras que circundaban la capital francesa, casi todas con alcaldes comunistas, eran llamadas en su conjunto “el cinturón rojo de París”. Le pregunté a Rivero: “¿Si el Partido Comunista Francés tiene tanta gente, por qué no toma el poder?”. “¡Eso mismo me pregunto yo!” fue su respuesta.
Muchas figuras importantes del PCF asistieron al entierro, algunas de ellas conocidas por Rivero y Nilsa por lo que, terminadas las ceremonias, quisieron ir a saludarlas y me pidieron que los esperara en un restaurante que era centro de reunión y de tertulias de los comunistas del barrio. Ocurrió allí un incidente que luego sería muy divertido para todos pero que, en el momento que ocurrió, no me hizo ninguna gracia.
El restaurante estaba situado en un sótano al que se llegaba por una pequeña escalera. Cuando estaba terminando mi almuerzo, vi que bajaba por ella un grupo de individuos que se dirigieron a mi en actitud amenazante. Rápidamente me rodearon y uno de ellos se sentó frente a mi en la mesa y comenzó a interrogarme. Quería saber quién yo era, de dónde venía, quién me había mandado, qué estaba tratando de hacer allí, etc. . Les dije lo que me pareció más creíble, que era simplemente un turista que que quería conocer un castillo famoso que había cerca de allí. No me creyeron. Como aumentaron la presión sobre mi les dije la verdad, que yo era cubano y estaba allí para rendir mi homenaje póstumo a una gran personalidad de la ciencia mundial. El hombre reaccionó furioso: “¡Foutez moi le con!” “¿Crees que somos imbéciles?” “¡Tú eres un provocador enviado por ‘Jeune Nation’, y nos vas a decir a qué viniste aquí!. Y ordenó a los demás: “¡Regístrenlo!”. Dos hombres me agarraron por los brazos y me levantaron del asiento. Después de comprobar que no portaba ningún arma ni nada que me comprometiera, me obligaron a sentarme de nuevo y, al parecer, estaban esperando por un superior que les dijera que hacer conmigo.
Por suerte, un rato después llegaron Nilsa y Rivero, quienes pudieron aclarar todo. Realmente era muy difícil para aquellos hombres, obreros que conformaban una especie de grupo de autodefensa, creer que alguien que no era francés, ni comunista, ni tenía nada que ver con la física nuclear, viajase hasta allí para asistir al entierro de un hombre al que no había visto en su vida. La “Jeune Nation” (Joven Nación) era una organización fascista, terrorista, disuelta oficialmente unas semanas antes pero todavía con mucha fuerza, que había intentado provocar algunos incidentes durante los funerales. “¡Tuviste suerte!”, me dijeron como despedida.
NILSA Y RIVERO EN MI RECUERDO (tercera parte)
Salvador Capote
Cuando estábamos preparando la documentación que presentaríamos en Bruselas, en el Congreso Internacional de los Derechos del Hombre, recibimos de compañeros en Santiago de Cuba fotos de aviones de la fuerza aérea batistiana cargando bombas en la Base Naval de Guantánamo. Era la prueba irrrebatible que necesitábamos para denunciar en el Congreso que no sólo el gobierno de Estados Unidos continuaba ayudando militarmente a la tiranía de Batista sino que era cómplice en los bombardeos en la Sierra Maestra que masacraban y aterrorizaban a la población campesina.
Lamentablemente, las fotos habían sido dobladas para que cupieran en un sobre y marcas, parecidas a cicatrices, cruzaban por el mismo centro, haciéndolas prácticamente inservibles. Sin embargo, las fotos eran demasiado valiosas para que no intentásemos recuperarlas, por lo que Nilsa y Rivero apelaron a sus contactos en la sede del Partido Comunista Francés y de allí llamaron a la dirección del periódico l’Humanité, órgano oficial del partido, solicitando su ayuda.
Los editores de l’Humanité convocaron a sus mejores especialistas para tratar de resolver el problema. Téngase en cuenta que en aquella época no existían, ni remotamente, los adelantos tecnológicos que existen actualmente, y una restauración de esa naturaleza sólo podían hacerla, quizás, personas con mucha experiencia y capacidad.
Tuvimos que esperar varias horas mientras los expertos trabajaban. Entre tanto, aprovechamos el tiempo intercambiando información con algunos periodistas que se interesaron por conocer nuestros criterios sobre la lucha insurreccional en Cuba y, a su vez, nos ofrecieron un panorama de la situación política en Francia.
En esa fecha, finales de septiembre de 1958, continuaba la Guerra de Argelia, Francia se movía convulsamente de la Cuarta a la Quinta República, De Gaulle gobernaba mediante decretos, y los rebeldes argelinos habían llevado la guerra al territorio francés. Había por ese tiempo, si mal no recuerdo, unos dos millones de argelinos residiendo en Francia y, ni los campos de concentración que se establecieron, ni la represión más brutal, lograba contener los continuos atentados y sabotajes que se producían. Todos los días, aparecían cadáveres de argelinos flotando en el Sena o tirados en las calles de los barrios más pobres, que no recogían hasta bien entrada la mañana para que sirvieran de escarmiento a la población árabe. Los argelinos, por su parte, no se quedaban con los brazos cruzados. Una acción que repitieron varias veces con mucho éxito consistía en que dos combatientes con armas escondidas debajo de las gabardinas, se acercaban a una estación de policía justo a la hora en que se producía el cambio de guardia para que, con la suma de los que salían con los que entraban, la concentración de uniformados fuese mayor. De pronto, abrían sus gabardinas y comenzaban a disparar, matando el mayor número posible de policías hasta caer abatidos ellos mismos.
Nilsa, Rivero y yo, teníamos la opinión de que l’Humanité no mostraba una posición suficientemente radical en contra del colonialismo francés en Argelia; más bien nos parecía tibia y no del todo consecuente. Queríamos saber la causa y manifestamos nuestras dudas con franqueza. Desde el mismo comienzo de la colonia, nos explicaron, Argelia fue considerada oficialmente, a diferencia de las demás posesiones del dominio colonial francés, como parte del territorio de la nación. A varias generaciones de franceses, sobre todo a los cientos de miles que colonizaron ese territorio africano, se les enseñó desde la escuela primaria que Argelia era parte integral de Francia, parte inalienable del territorio nacional. Por eso no eran pocos los lectores del periódico, incluyendo militantes del partido, que creían firmemente que Argelia era francesa, que no era una colonia sino una prolongación de Francia, por lo que una posición editorial demasiado radical podía crear divisiones que era necesario evitar. La explicación no nos convenció totalmente pero, al menos, logramos entender lo que sucedía.
¡Por fin!, llegó uno de los expertos con las primeras pruebas exitosas. Las “cicatrices” habían desaparecido. Tendría que ser alguien muy observador el que lograse descubrir alguna huella. Luego nos hicieron un buen número de fotocopias que distrubuimos unos días después en Bruselas a los delegados y a la prensa de varios países. Y las fotos recorrieron el mundo.
¡La solidaridad hace milagros!.