Según Karl von Clausewitz, uno de los más importantes teóricos del arte y la ciencia militar: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, sentencia que no ha sido confirmada por el desempeño de las superpotencias en los últimos 76 años.

En el pasado, las guerras se libraron por: conquistas territoriales a veces asociadas a litigios fronterizos y para asegurar el control de materias primas. Hitler introdujo la meta de alcanzar la dominación mundial por medio de la guerra y el exterminio de etnias y razas y más recientemente, aparecieron los conflictos por razones ideológicas. Ninguno de esos factores está presente en las contradicciones que enfrentan a las superpotencias de hoy.

La permanente hostilidad derivada de la rivalidad ideológica y política de la Guerra Fría, incluidas las crisis por la nacionalización del canal de Suez (1956), el bloqueo soviético a Berlín (1948) la Guerra de Corea (1950-1953) y la desatada por el emplazamiento de armas nucleares en Cuba en 1962, no condujeron a enfrentamientos armados porque la “Destrucción Mutua Asegurada” estableció un precio impagable. Las guerras al estilo de las del siglo XX, llamadas mundiales, son páginas vueltas.

Las superpotencias de hoy, entre las cuales no existen diferencias ideológicas ni proyectos políticos antagónicos, no tienen razones para pelear entre sí, excepto que las inventen. Estados Unidos, Rusia y China quieren lo mismo y sus intereses no son esencialmente opuestos, incluso la ruina de una no supondría beneficio para la otra, sino todo lo contrario. Las diferencias que constan son asimetrías económicas y militares, cuestiones de estilo y capacidades políticas reales.

Mientras Estados Unidos cuenta con alianzas planetarias y apoyos mundiales, Rusia y China, en términos políticos y militares, solo se tienen una a la otra, en una asociación estratégica que, al carecer de sostenes ideológicos, parecen más bien un matrimonio de conveniencia. Con esa soledad los proyectos mundiales hegemónicos son impensables.

En la más difícil coyuntura que enfrentó la humanidad, la lucidez y el pragmatismo del entonces presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt, el líder soviético Iosif Stalin y el primer ministro británico Winston Churchill, les permitieron encabezar la colación de Los Aliados, llamada también de Las Naciones Unidas que alcanzó la victoria.

Concluida la guerra, cuando entre los vencedores no existían motivos reales para la hostilidad, se generó el clima de la Guerra Fría con sus tensiones y riesgos porque quienes fueron aliados en las circunstancias más difíciles, permitieron que revivieran dos construcciones ideológicas surgidas en el siglo XIX. Se trató del anticomunismo y la prédica acerca de la revolución mundial anticapitalista.

Hoy, cuando hace 30 años concluyó la Guerra Fría, no existen en los ámbitos internacionales rivales militares que se disputen migajas de poder o influencias que justifiquen una confrontación que ponga en riesgos a sus países ni a la humanidad, una vez suenan los tambores de la guerra. En realidad, se trata de atrezzo, utilería y no de intenciones reales.

No obstante, las realidades, como parte de irracionales compartimentos, las superpotencias y otras de segundo orden, se empeñan en una carrera armamentista que incluye la esfera digital y el espacio exterior que las arruina y las distrae de sus verdaderas metas asociadas al bienestar y la felicidad de sus pueblos. Lo que compromete el futuro de la humanidad no son las bombas, sino la irresponsable tozudez de líderes que no están a la altura. Allá nos vemos.

EL MISIL DE LA DISCORDIA

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No existen vehículos más frágiles que los aéreos. En el éter no hay donde apoyarse ni de donde sujetarse. Debido a esas sensibilidades, en 1967, en plena Guerra Fría, la Unión Soviética, Estados Unidos y el Reino Unidos, adoptaron y abrieron a la firma el El Tratado sobre el espacio ultraterrestre, en vigor y ratificado 110 países y que prohíbe las pruebas de armas, las maniobras militares o el establecimiento de bases militares, instalaciones y fortificaciones. Las potencias con acceso al cosmos violan abiertamente lo que ellas mismas acordaron.

El incidente ha hecho recordar que tan temprano como en 1959 Estados Unidos destruyó un satélite, operación repetida en 1985, cuando un avión F-15A abatió un artefacto espacial empleando un misil. En 2007 China destruyó un satélite meteorológico propio situado 870 kilómetros, al año siguiente Estados Unidos liquidó otro mediante un cohete lanzado desde el un buque, en marzo de 2019, India derribó un salite que ella misma había colocado en órbita y en pasado mes de octubre, Rusia probó un misil anti satélite.

La guinda del pastel fue la Iniciativa de Defensa Estratégica promovida por Ronald Reagan, anunciada en 1983 y consistente en la construcción de un escudo defensivo antimisiles para proteger el territorio norteamericano o de ataques con misiles, utilizando cohetes interceptores con base tanto en tierra como en el espacio.

En un ambiente crispado, donde apenas caben nuevas tensiones, Rusia acaba de realizar un ensayo espacial mediante el cual, con un misil balístico destruyó un satélite propio. Estados Unidos, la OTAN y la Unión Europea, además de la NASA y otras agencias espaciales reaccionaron. La polvareda es enorme.

Cuando formaba parte de la Unión Soviética, Rusia no impresionaba por su ciencia, su economía ni por su capacidad innovadora, tampoco lo hace ahora, excepto en los ámbitos de la cohetería y en la conquista del espacio en lo cual siempre ha figurado a la vanguardia.

Los rusos Konstantin Tsiolkovsky y Serguei Koroliov fueron precursores y forjadores de los cohetes espaciales que elevaron los primeros satélites y llevaron al espacio al primer cosmonauta y, en 1963 a la primera mujer, ambos soviéticos transportaron a la órbita a la primera nave multiplaza, uno de sus cosmonautas inauguró las caminatas espaciales y en 1971 instaló la primera estación orbital.

Con la legendaria estación MIR (Paz), que permaneció quince años en el espacio, recibió a 104 astronautas y dio 86.331 vueltas alrededor de la Tierra, la URSS realizó su más grande hazaña espacial.

En una demostración de fuerza militar y eficacia tecnología, con pleno dominio de la balística espacial, el pasado día 15, con un misil lanzado desde el cosmódromo de Plesetsk, Rusia destruyó un viejo satélite de la era soviética. Acertar un blanco del tamaño de un pequeño automóvil de unas dos toneladas de peso, situado a unos 500 km de distancia es toda una hazaña balística.

El secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken calificó la prueba como “imprudente e irresponsable” pues, entre otras cosas, a juicio de sus expertos, puso en peligro a la Estación Espacial Internacional (ISS), a bordo de la cual trabajan siete astronautas (cuatro estadounidenses, un alemán y dos rusos) que, durante cuatro horas se refugiaron en dos naves, listas regresar a Tierra.

Según el general estadounidense James Dickinson, jefe del Comando Espacial del Pentágono, los fragmentos resultantes de la explosión, serán peligrosos para las actividades espaciales durante años, por lo cual, según afirmó Bill Nelson, director de la NASA, la agencia monitorea los escombros que también pueden representar amenazas para la estación espacial china en construcción.

Por su parte, la agencia espacial rusa Roscosmos minimizó el peligro alegando que el movimiento de la tripulación de la Estación Espacial Internacional (ISS) hacia las naves de evacuación, fue parte de procedimientos estándar de seguridad, subrayando que la estación espacial está en “zona verde”.

Serguei Lavrov, ministro de relaciones exteriores de Rusia respondió a las acusaciones de Washington: “Decir que Rusia crea riesgos para el uso del espacio es como mínimo hipócrita. No han presentado pruebas”. Subrayó el jefe de la diplomacia del Kremlin quien propuso: “Dialogar en vez de lanzar acusaciones falsas”.

Algunos expertos se preguntan, por qué si tanto Rusia como Estados Unidos y China disponen de la tecnología necesaria para destruir satélites en órbita, la cual ha sido fehacientemente probada, por qué se realiza ahora esta extemporánea prueba que, entre otras cosas no prueba nada que ya no se conociera. Si la intención era enviar un mensaje: ¿Cuál es el mensaje? Obviamente el recado no es de paz. Allá nos vemos.