Gustavito Guadaiquiza, un indiecito de Riobamba, en el Chimborazo, junto a otros dos hermanitos pequeños, tenían que prepararse ellos mismos los alimentos porque su madre había muerto y su padre tenía que trabajar para sostener el humilde hogar. Niños tan pequeños manejando combustibles provocaron la tragedia. Gustavito tenía solamente cinco años de edad cuando se incendió un recipiente con gasolina que le produjo quemaduras graves en todo el cuerpo. Lo curaron como pudieron y sobrevivió de milagro pero con secuelas que le imposibilitaban abrir las manos, sobre todo la derecha, caminar normalmente, y con horribles queloides o grandes cicatrices en la cara y en diversas partes del cuerpo. Su padre, Gustavo Guadaiquiza Saigua, se mudó con sus tres niños a la ciudad de Quito en busca de nuevos horizontes.

Supe de Gustavito cuando periodistas y diplomáticos amigos indagaron si era posible la ayuda de Cuba. Me dieron su dirección y fui a visitarle. Vivía en lo alto de un cerro cercano a la ciudad. Como el camino se estrechaba y la pendiente era cada vez más pronunciada, decidí dejar el vehículo y continuar a pie. Al llegar a una especie de meseta vi el cuadro de miseria extrema más desolador que pueda imaginarse. Las viviendas no eran viviendas sino tugurios, refugios improvisados construidos con cuanto material desechable pudieron sus habitantes conseguir; no había instalaciones sanitarias ni electricidad ni agua potable, y no sé cómo podían soportar el intenso frío de las noches quiteñas. Cuando le dije a Gustavo que había dejado mi auto a medio camino se alarmó porque, según él, había allí delincuentes que podían dejarlo sólo en la carrocería en menos de un minuto, por lo que le pidió a unos vecinos que bajasen a cuidarlo. Por ese tiempo, Gustavito había cumplido seis años de edad y ayudaba a la economía familiar vendiendo billetes de lotería en el aeropuerto, donde se hizo popular por su simpatía. 

En los dos años en que serví de intermediario en la ayuda médica que Cuba prestaba a Ecuador, más de un centenar de pacientes ecuatorianos, en su mayoría niños, recibieron atención médica especializada gratuita en diversos hospitales de nuestro país, y se llevó a cabo una operación en gran escala, con personal de salud cubano, que logró controlar una epidemia de dengue en la ciudad de Guayaquil que estaba provocando numerosas muertes y que hubiera tenido consecuencias devastadoras de no haber sido por la ayuda cubana. Aunque los trámites se hacían, como es lógico, a través del Ministerio de Salud Pública, Fidel estuvo siempre al tanto de todo y en las situaciones más complicadas intervenía personalmente o mediante Chomi, lo que permitía eliminar obstáculos burocráticos, porque a veces surgía algún que otro funcionario de mente estrecha incapaz de entender el valor que tiene la solidaridad para la unidad de los pueblos; el valor eterno y universal de la solidaridad. Como Cuba brindaba ayuda médica no sólo a Ecuador sino a otros muchos países, y en todos los casos Fidel mostraba la misma preocupación, asombra la enorme capacidad de trabajo que poseía el máximo líder de la Revolución. Fui sólo una pieza insignificante y, sin embargo, tengo un puñado de historias que contar, sin otro recurso que mi memoria. ¡Qué no sería, si se sumase lo que sucedía simultaneamente en otras partes del mundo!. Estoy seguro de que la historia de la solidaridad cubana, impulsada por Fidel, y mantenida aún en los tiempos más difíciles, llenaría muchos volúmenes y podría crearse con ellos toda una biblioteca.

Aunque el caso de Gustavito presentaba muchas dificultades de toda índole, su traslado a Cuba contó con la aprobación de Fidel, y esta vez, seguramente porque era el que más compasión despertaba, Chomi, secretario del Comandante en Jefe durante más de cuatro décadas, desde el inicio se hizo cargo personalmente del niño, y después de las primeras operaciones de cirugía reconstructiva y estética en el hospital William Soler, y del alta hospitalaria, lo llevó a vivir a su casa, como si fuera uno más de sus hijos, y se ocupaba de que aprendiera las primeras letras y de que asistiera a las sesiones de fisioterapia y rehabilitación.

En el William Soler comenzaron por librarle las retracciones en las manos y en una de las piernas, y continuaron paulatinamente con las restantes y eliminando o reduciendo a su mínima expresión los queloides que tenía por todo el cuerpo. Poco a poco, pudo abrir y cerrar sus manitas, caminar normalmente, y comenzó a mostrarse como lo que realmente era, un niño bello de ojos dulces, cariñoso e inteligente.

Gustavito, un niño del más humilde origen, tuvo para su curación a un equipo compuesto por más de una docena de especialistas del más alto nivel y con algo igualmente importante: el amor, que también cura, de todo el personal de salud del hospital y de Chomi y su familia.

No recuerdo ahora cuántos meses, años tal vez, estuvo Gustavito viviendo en casa de Chomi, pues su tratamiento fue muy prolongado y no podía ser de otra manera. Y cuando ya no quedaba nada por hacer, llegó el momento de restituirlo a su padre en Quito. Éste no le había acompañado durante su estancia en Cuba porque no podía dejar solos a sus dos hermanitos.

Me gustaría saber que fue de la vida de Gustavito. Hoy tendría 40 años de edad, pues nació el 24 de febrero de 1981. Me han dicho que a su regreso a Ecuador, su padre compró, con el dinero que una mano generosa le ofreció, un pequeño terreno donde pudo ganarse la vida con el oficio que realmente sabía: cultivar la tierra.