“Nosotros no damos ayuda para cobrarla después”. 

 

 

“¡Tatai!, ¡tatai!”, exclamaba aquella madre ecuatoriana cuando se refería a las calumnias que la delegación apátrida de Miami contaba desvergonzadamente contra Cuba en la Comisión de Derechos Humanos de Ginebra. “¿Qué significa tatai?», le pregunté. “En lengua quechua –me respondió- significa ¡qué asco!».

Cada año, la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas se reunía en Ginebra, Suiza, y cada año, con fondos federales de Estados Unidos para promover la subversión en Cuba, organizaciones mercenarias de Miami organizaban una nutrida delegación que, disfrutando de un bien pagado turismo político, presentaba sin prueba alguna falsas y horripilantes acusaciones de supuestos asesinatos, torturas, desapariciones y violaciones de todo tipo de los derechos humanos por el gobierno revolucionario. Aunque la defensa de nuestros representantes en Ginebra era siempre contundente, se cumplía la antiquísima expresión romana: “Calumnia, que algo queda”.

En 1988, un grupo de familiares de niños ecuatorianos que habían recuperado su salud o salvado sus vidas gracias a los médicos cubanos, tuvo la iniciativa de organizar un viaje a Ginebra y testimoniar allí acerca de la ayuda solidaria de Cuba, con casos bien documentados y la presencia de testigos. Podíamos escoger entre decenas de casos, con pruebas irrebatibles y de gran impacto, lo cual sería formidable para nuestra causa.

Calculábamos que podríamos llenar un avión, y hasta dos, con los niños y sus familiares, y presentar en Ginebra evidencias aplastantes contra nuestros enemigos. La iniciativa me pareció maravillosa y, sin perder tiempo, le envié, mediante Chomi, un informe a Fidel.

Pasaron varios días y no hubo respuesta. Era raro porque el Comandante en Jefe, tanto en respuestas afirmativas como negativas, era rápido en sus decisiones. Cuando, por otro asunto, Chomi me llamó, aproveché la oportunidad para indagar qué sucedía. No me respondió, pero esa noche recibí, a través de la Embajada, un cable cifrado que decía escuetamente: “Nosotros no damos ayuda para cobrarla después”.

No pude dormir esa noche. Fidel, aquel hombre que había salvado tantas vidas, no sólo en Ecuador sino en todas partes del mundo, no permitía que utilizaran en su defensa y en defensa de la Revolución, a los niños y a sus familiares agradecidos. Lo que a mi me parecía perfectamente válido, en vista de los ataques de nuestros enemigos, Fidel no lo aceptaba, porque la verdadera ayuda es la que se da sin recibir nada a cambio. Existía otra dimensión ética que yo no había alcanzado todavía.

Me reuní con los padres que habían tenido la iniciativa. Les expliqué, lo mejor que pude, por qué no era posible, y les expresé mi temor de que se fuesen disgustados. “¿Disgustados? ¡No! -respondió el amigo ecuatoriano que iba al frente del grupo- Todo lo contrario, nos vamos ahora sabiendo que Fidel es aún más grande de lo que pensábamos”.

Debido a su desprestigio y politización, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU desapareció y fue sustituida en 2006 por el Consejo de Derechos Humanos. Desde entonces, Cuba ha tenido el honor de ser elegida repetidamente, por abrumadora mayoría, como miembro de ese Consejo. En 2019, en la Asamblea General de las Naciones Unidas  en New York, Cuba fue elegida para un quinto mandato de tres años (2021-2023) por 170 votos de 192 posibles. Sin otro escudo que su ejemplo, y sin otra espada que la verdad expresada por sus dirigentes y representantes, Cuba emerge siempre victoriosa, y el mundo la ha ido colocando en el sitial que le corresponde. Millones de personas en todos los continentes ven a la Isla Rebelde como un faro de esperanza y a Fidel como el hombre que, sin ceder un ápice en la moral ni en los principios, nos enseñó el camino.