En ocasiones, las diferencias de Estados Unidos con algún país hacen recordar la paradoja de cuando los “árboles no dejan ver el bosque”

 

Estados Unidos desempeñó el papel principal en la creación de la ONU cuya Carta se adoptó en San Francisco, California, y tiene su sede en Nueva York, no por eso la organización les pertenece. Así ocurre con la Cumbre de las Américas que, aunque su primera cita fue convocada por Estados Unidos, es un evento multilateral, parte integral de la OEA que cuenta con una Secretaría Permanente de Cumbres de las Américas.

La Primera Cumbre de las Américas, se efectuó en 1994 en Miami, para examinar la propuesta estadounidense de creación del Área de Libre Comercio de las Américas que finalmente no consiguió el consenso necesario para su implementación. Con posterioridad se han efectuado otras ocho citas de este tipo. De las seis primeras fue excluida Cuba debido a que, por una resolución de 1962, promovida por Estados Unidos fue excluida de la OEA.

En 2009, de cara la modificación de la correlación de fuerzas en América Latina, el presidente Barak Obama, con un enfoque realista, dio luz verde para que la Asamblea General de la OEA, en San Pedro Sula, derogara la Resolución que había separado a Cuba, habilitándola para el reingreso la organización, lo cual facilitó que, como los demás estados, tomara parte en la Cumbre de las Américas. En 2015 el gobierno de Panamá invitó al gobierno de la Isla y en 2018 lo hizo el de Perú, cosa que Estados Unidos no objetó.

El hecho de que llevados por la rutina los eventos multilaterales, incluidas las cumbres entre estadistas se asuman como actos formales, impide reparar que se trata de encuentros trascendentales entre personas que comparten altas responsabilidades y que apenas se conocen y tienen pocas oportunidades para intercambiar puntos de vista y limar asperezas.

Paradójicamente, cuando existen situaciones en las cuales predominan las diferencias, los encuentros personales entre los estadistas son de la mayor relevancia porque suelen ser el camino para que, el diálogo abra paso a la avenencia. Así ocurrió cuando en 2015, en la Cumbre de las Américas en Panamá se encontraron y alternaron los entonces presidentes Barack Obama y Raúl Castro.

 Con aquel encuentro, aunque breve, comenzó un proceso de significación histórica que, al promover la normalización de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba, creó un clima positivo que debió conducir a una relación civilizada que, con dinámico optimismo, forjó acuerdos, intercambios, objetivos comunes y, en poco tiempo avanzó un largo trecho.

En ocasiones, las diferencias de Estados Unidos con algún país hacen recordar la paradoja de cuando los “árboles no dejan ver el bosque”, al permitir que un desencuentro perjudique su política hemisférica que, en sus proyecciones estratégicas, debería considerar la región como un todo, enfoque que facilitó a Obama un desempeño que le permitió anunciar un “nuevo comienzo”, no solo respecto a Cuba sino a la región en su conjunto.

Para este ajuste debería servir la Cumbre de las Américas que pudiera ser el momento en el cual la política hemisférica deje de ser rehén de asuntos circunstanciales y problemas puntuales. Una proyección así, sería compatible con las proyecciones originales del presidente Biden que puede no sentirse cómodo al dar continuidad a políticas que no son suyas.

Por añadidura, un enfoque menos visceral y más flexible, pudiera abrir espacios a la innovación y aprovechar el ramo de olivo que ofrece el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador cuya propuesta de reencuentro e integración entre Estados Unidos y América Latina, sin nombrarlo y sin teñirlo con los matices imperiales que lo hacen antipático, retoma desde el sur la propuesta panamericana, lo cual constituye algo inédito.

El hecho de que la administración de Donald Trump interrumpiera el excelente proceso de normalización de las relaciones con Cuba, y se hayan tensado las diferencias, no es razón para que Estados Unidos promueva la exclusión de la Isla IX Cumbre de las Américas, sino que debería ser lo contrario. Un encuentro entre los presidentes Biden de Estados Unidos y Diaz-Canel de Cuba pudiera relanzar aquel proyecto y contribuir al saneamiento del clima político en la región. Se trata de una oportunidad para todos. Allá nos vemos.