ORDEN MUNDIAL Y GUERRA GLOBAL

                                                           Jorge Gómez Barata

Mediante entendimientos para el reparto de áreas de influencia en Europa alcanzado durante la II Guerra Mundial y la creación de un entorno jurídico con base en la Carta de la ONU cuyos preceptos: Igualdad soberana, soberanía nacional y autodeterminación de los estados y solución pacífica de los conflictos, se completó con las instituciones de Bretton-Woods y la descolonización afroasiática, las grandes potencias delinearon nuevos perfiles en el orden mundial que, incluso acogió la coexistencia pacífica entre el capitalismo y el socialismo y, aunque no impidió la Guerra Fría, suprimió las intraeuropeas.

Como resultado de aquellos ajustes, las contiendas posteriores, incluidas la Guerra de Corea y árabe-israelí, las intervenciones imperiales en Afganistán y Oriente Medio, los llamados “choques de civilizaciones”, incluso las confrontaciones derivadas del colapso del socialismo real y de la Unión Soviética, así como las de Yugoslavia, Libia, Siria y Yemen, han sido disputas locales o regionales, sin impacto en la sociedad global. Tal status ha sido bruscamente alterado por el conflicto en Ucrania, lo cual no significa que de ello se derive un Nuevo Orden Mundial.

Aunque todavía no se define como una “guerra mundial”, la que se libra en Ucrania, en la cual, por persona interpuesta (proxy), se enfrentan Estados Unidos y Rusia y 30 países de la OTAN, proyecta sus efectos sobre la sociedad global, poniendo fin a la zona confort europea donde ni siquiera el fin de los regímenes socialistas alteraron la paz, con excepción del ataque de la OTAN sobre Yugoslavia.

Con proyecciones internacionales y notable desenfreno, en ese conflicto se registra la sorprendente anomalía de que tanto Estados Unidos como Rusia, las potencias que con más beligerancia compiten por la hegemonía mundial, inscriben como un objetivo la creación de un Nuevo Orden Mundial, para lo cual se declaran dispuestos a modificar los fundamentos de la civilización, cosa que es más difícil decir que hacer.

Los líderes de esos países parecen desconocer que aquello que sus países y todos los demás, así como las culturas y civilizaciones son y aspiran a ser, comenzando por las proyecciones económicas, los niveles científicos y culturales y los estilos de vida estándar, son resultados del orden mundial vigente.

Es arto conocido que, transitando por dilatadas y complejas etapas, afrontando tragedias, entre ellas la conquista de América, el colonialismo y la esclavitud, así los repartos del mundo, las guerras mundiales e innumerables catástrofes naturales, con diferentes velocidades, aunque con una irreversible tendencia al progreso, la civilización ha crecido al amparo del Orden Mundial.

Por una inexplicable paradoja, Estados Unidos que en los últimos doscientos años ha participado decisivamente en la concepción, diseño y construcción de ese Orden que incluso asimiló la división del mundo entre capitalismo y socialismo, acogió el despegue de China y de una veintena de países emergentes, ahora armas en mano, habla de cambiarlo, cuando, lo mismo que Rusia, carece de una propuesta alternativa, digna de ser considerada.

El orden mundial vigente que no es perfecto y está requerido de encontrar soluciones a problemas nodales como la pobreza, las desigualdades y el desarrollo, y sobre todo la definitiva exclusión de la guerra y la violencia a escala social, es la más acabada obra de la cultura universal.

No obstante, debido a malformaciones sistémicas de carácter estructural, a mediados del siglo XIX, como resultado de la imbricación del pensamiento liberal avanzado y de las ideas socialistas, concebidas por las mentes más universales de su tiempo, apareció una alternativa que abarcó la formación económica y social en su conjunto y que se basó en la idea de que el desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento de las riquezas materiales darían lugar a nuevas relaciones sociales y a una era de justicia y equidad social global.

Atentar violentamente contra el Orden Mundial equivale a hacerle la guerra a la civilización. Los cambios requeridos a escala global, no pueden ser resultado de exaltados líderes que por imperfecciones del status quo vigente, como en épocas de los emperadores romanos, de Alejandro Magno, las Cruzadas o Napoleón, disfrutan de poderes prácticamente omnímodos, ni pueden ser impuestos mediante la guerra. Creer que es posible no es un acto de idealismo, sino un delirio sin base ni futuro. Allá nos vemos.