CONTRA TODAS LAS BANDERAS O.…CONTRA NINGUNA

                             Jorge Gómez Barata

En la década del cuarenta del pasado siglo una entente fascista le declaró la guerra al mundo e intentó destruir el orden vigente formado por las democracias liberales establecidas en Europa y las Américas y que se asomaba en China y el socialismo instalado en la Unión Soviética (el resto del mundo eran colonias).

Al fascismo no le bastaba con prevalecer, sino que necesitaba exterminar todo lo que no fuera parte de su entraña. Las más criminales expresiones de odio alcanzaban a todos los pueblos y etnias no arios, con especial enseñamiento contra eslavos, judíos, gitanos, anglos, hispanos y latinos, pero también a católicos, liberales, socialdemócratas y comunistas. Los minusválidos, los pobres y los mendigos eran descartes.

El fascismo despreció el arte, la literatura y la fe universal, acudiendo a las formas más bárbaras de represión y exclusión, incluidos los campos de extermino, las quemas de libros y la destrucción de obras y monumentos, criminalizó el nacionalismo legítimo, el patriotismo y la democracia, incluso cuando eran sustentados por alemanes.

Consuela saber que, en batalla campal, aquella degeneración fue confrontada masivamente por la juventud y los pueblos de Rusia, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Australia, China, y la Europa ocupada que, agrupados en grandes ejércitos, en la resistencia y las guerrillas, incluso en el exilio, libraron las más grandes y decisivas batallas por la vida y la libertad de que se tenga memoria. Aunque la guerra no rozó a Latinoamérica al esfuerzo, contribuyeron, entre otros, Brasil, México, Puerto Rico y Cuba.

En 1939 las hordas nazis, dotadas de un impresionante poderío militar, avanzaron sobre los países de Europa que cayeron como por efecto dominó. En mayo de 1940 capituló Francia, lo cual colocó a Inglaterra al alcance de la maquinaria militar nazi. Gran Bretaña se salvó porque Hitler decidió invadir primero a la Unión Soviética que, en junio de 1941, en solitario, inició una colosal batalla.

La resistencia soviética dio tiempo para que reaccionaran los Estados Unidos, protegidos tras las barreras de los océanos Atlántico y Pacifico y paralizados por cuatro leyes de neutralidad que obligaron a Roosevelt a maniobrar para evadir tales legislaciones y apoyar al Reino Unido, la Unión Soviética y China para lo cual, en 1941 logró que el Congreso de su país aprobara la Ley de Préstamos y Arriendos.

De ese modo, Estados Unidos que no podía vender armas y equipos a los beligerantes, pudo arrendarlas, cosa que hizo con Inglaterra, Francia Libre y China y luego con la Unión Soviética, aportando suministros por más de 50.000 millones de dólares de la época. La insólita situación la destrabaron los fascistas cuando, el 7 de diciembre de 1941, Japón atacó a Pearl Harbor, precipitando la entrada de Norteamérica en la guerra.

Antes, en agosto de 1941, Roosevelt y Churchill suscribieron la Carta del Atlántico, en la cual se declaró que ambas potencias, no procuraban conquistas territoriales, reivindicaban el derecho de los pueblos a elegir su propia forma de gobierno y descartaron la modificación de las fronteras. Ese contenido permitió que aquel manifiesto, sirviera de plataforma para la estructuración de la coalición aliada formada por 26 países, incluida la Unión Soviética.

La participación soviética en la coalición aliada, regida por una visión común y políticamente correcta del peligro que para la humanidad representaba el fascismo y que funcionó eficazmente durante la guerra en vida de Roosevelt, no sobrevivió a la victoria lo que abrió paso a la Guerra Fría dominada por dos alianzas militares: la OTAN y el Tratado de Varsovia, formada una por doce países y otra por ocho, ambas con armas nucleares.

No obstante, nunca ninguna coalición política mundial fue tan grande y económica y militarmente tan poderosa ni estuvo tan cohesionada como lo está la OTAN y lo que, de modo circunstancial ha sido llamado “occidente colectivo” cuyo núcleo son los Estados Unidos + Europa (OTAN y Unión Europea) + los aliados de Estados Unidos en todo el mundo, entre otros Japón, Australia, Nueva Zelanda y Corea del Sur + otras decenas de países que por inercia se asocian a esa maquinaria.

Explotando circunstancias más o menos vigentes desde el fin de la II Guerra Mundial y las condiciones creadas por la desaparición de la Unión Soviética, Estados Unidos ha integrado a Europa y a su círculo de influencias a una guerra híbrida (militar, económica y propagandística) contra Rusia que en solitario trata de resistir el asedio económico y libra una guerra, originalmente preventiva y luego definida como de apoyo la creación de dos estados independientes en el Dombass ucraniano.

Las dos dimensiones de esa guerra son asimétricas y desiguales. Así es la confrontación de Rusia, una superpotencia militar contra Ucrania, y lo es también la de Rusia contra 30 países de la OTAN y los aliados de Estados Unidos en todo el mundo. Rusia enfrenta a nueve de las diez mayores economías del mundo, a tres de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU, y tres de los nueve países poseedores de armas nucleares y a los recursos, el talento y las reservas de los más grandes ejércitos y fabricantes de armas del mundo.

La guerra que ahora se libra enfrenta también a las mayores maquinarias propagandísticas que la humanidad ha conocido, a los laboratorios ideológicos mejor dotados y más competentes y a los más inescrupulosos fabricantes de mentiras. No hay, como hubo en otras guerras, causas buenas y malas, ni objetivos por los que valga la pena que mueran los jóvenes. No hay motivos como los que motivaron a los defensores de Stalingrado y a los héroes de Guadalcanal, Iwo Jima y Normandía.

Se trata de un conflicto puramente militar, sin apenas aristas políticas ni ideológicas, con dimensiones que eran difíciles de imaginar meses atrás, y caracterizado por la presencia de elementos primitivos, según se afirma nacionalistas y neo nazis, reivindicaciones territoriales, empleo masivo de armamento letal, modificación de fronteras y total desconocimiento de acuerdos históricamente relevantes como la Carta de la ONU que postula la solución pacífica de los conflictos.

A diferencia de otras, la guerra en Ucrania no se libra contra una ideología o un modelo político, tampoco es la confrontación de una corriente progresista contra otra reaccionaria ni un esfuerzo bélico a favor de las demandas de algún gobierno o los caprichos de un caudillo. La guerra en Europa no es contra todas las banderas, pero tampoco es a favor de ninguna.

¿Por qué entonces se lucha y muere allí? ¿Por qué en lugar de trigo y girasoles para alimentar y embellecer al mundo, se siembran odios? ¡No hay derecho!

La opinión pública mundial, los estadistas y los intelectuales, los partidos políticos de todos los colores, los académicos, filósofos y politólogos, las iglesias y todas las expresiones de la fe, los periódicos, canales de televisión y revistas, deberían movilizarse, no para apoyar o criticar algún bando, sino para detener la guerra y dar un chance a la paz. Allá nos vemos.