El pecado de Gorbachov no fue reformar el socialismo, sino haber llegado tarde, cuando el daño estaba hecho, algo de lo cual, obviamente, no se le puede culpar. Tampoco debería ser penalizado por lo que no se hizo antes ni por lo que después no fue corregido.

Ningún político, monarca o papa es una “monedita de oro” que cae bien a todos, mucho menos lo son los revolucionarios y los reformadores, Mijaíl Gorbachov fue uno de ellos.

Ocurre así porque líderes, como Lenin, Mao Zedong y Fidel Castro, entre otros, en momentos decisivos de la historia, mediaron entre colosales fuerzas sociales y políticas y realizaron obras que, en tanto individuos, los trascendieron: “Hemos hecho una revolución más grande que nosotros mismos” declaró Fidel Castro. Gorbachov desató fuerzas que no pudo conducir.

No fue el primero y cargó con el infortunio de ser el último. Con anterioridad nadie intentó una reforma de las estructuras del sistema socialista en la escala que él lo hizo. No se conoce hasta dónde hubiera llegado Lenin que impulsó la Nueva Política Económica (NEP), definiéndola como un “repliegue estratégico” y Trotski quien apeló a Lenin para “democratizar el proceso” y no tuvo oportunidad porque Stalin lo empujo al exilio, lo persiguió implacablemente y finalmente ordenó su asesinato en México.

Nikita Jruzchov, tuvo el valor de denunciar ante el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética los errores políticos y los crímenes de Stalin, pero lejos de intentar reformar estructuralmente el sistema, se avino a la infantil maniobra de cubrir las máculas con el eufemismo del “culto a la personalidad”. Al limitarse a cambios cosméticos, la desestalinización conducida por Jruschov, ratifica la afirmación de que, a veces, “El remedio es peor que la enfermedad”, entre otras cosas porque dio lugar al espejismo de que las cuentas habían sido saldadas.

La cobertura periodística de la época y las memorias de protagonistas soviéticos de diversas orientaciones atestiguan que Gorbachov, a la vez que audaz fue escrupulosamente respetuoso de las estructuras y las instituciones del poder soviético, especialmente del Partido. Ninguna de las decisiones fundamentales fue unipersonal, sino que se consensuaron (al estilo del socialismo real) en las instituciones vigentes.

Ocurrió así por qué Gorbachov era una criatura del sistema que quiso reformar y de hecho lo hizo, aunque no pudo evitar que las cosas se salieran de control.

En el momento más crítico del proceso de reformas, cuando los elementos más ortodoxos de la dirección soviética fraguaron un escandaloso golpe de estado, los pilares del sistema, en primer lugar, el Partido con 25 millones de militantes y tres millones de organizaciones, los sindicatos con 100 millones de afiliados, el Soviet Supremo y los más de 3.000 mariscales y generales, miraron para otro lado y con inaudita frivolidad abandonaron no a Gorbachov, sino a la Unión Soviética que habían jurado defender.

Gorbachov sobrevivió 31 años a su defenestración y lo hizo con altura, evitando mezclarse en la política pequeña, ni siquiera el cataclismo de Ucrania alteró su línea, aunque tal vez no lo hizo porque ya no tenía fuerzas para involucrarse en un evento de esa naturaleza.

Según se ha dicho, hoy tres de septiembre Gorbachov será sepultado. No tendrá un funeral de estado como corresponde a su investidura y voceros de la administración han dicho que el actual presidente no asistirá al sepelio aludiendo compromisos previos por lo cual apareció en el hospital donde falleció con un ramo de rosas rojas.

Así saldó Vladimir Putin sus obligaciones con el primer presidente de la Unión Soviética. No hizo menos porque no se podía y porque Gorbachov encarnó valores que él no sustenta. Allá nos vemos.