Russian President Vladimir Putinl Photo via AP)

Al margen de consideraciones que atiendo y respeto, no tengo dudas de que la guerra en Europa ha rebasado límites. Estoy convencido de que Vladimir Putin, su equipo y toda la élite política rusa, no estuvieron ni están interesados en una guerra contra Europa ni contra Estados Unidos, no solo porque es inviable, sino porque contradice aspiraciones seculares.

Para aludir sólo a líderes más recientes, Stalin, Jruzchov, Gorbachov, Yeltsin y sobre todo Vladimir Putin, aspiraron a aproximarse y a ser parte de Europa, incluso de la OTAN, y auspiciaron la coexistencia pacífica con occidente. La idea de que Putin es ideológica o políticamente adversario de occidente y de que aspira a que Rusia prevalezca sobre él mismo es francamente pueril.

Desde los primeros momentos Putin fue claro, sincero es otra cosa, la preocupación de Rusia no era política, sino de seguridad, la expansión de la OTAN era un peligro evidente y Ucrania una frontera. La guerra de Rusia es con Ucrania, no con Europa. Es a Ucrania es a quien pretendía conquistar y condicionar, operación a la que llamó de desnazificación y desmilitarización que, de paso incluía la segregación territorial del Donbass.

Al parecer ocurrió algo que no estaba planeado: Europa Occidental y Estados Unidos hicieron suya esa guerra, cosa que no tenía por qué haber ocurrido y el conflicto adquirió perfiles y dimensiones no calculadas y que son inmanejables, al punto que amenazan con desencadenar un conflicto nuclear que obviamente Rusia no hubiera promovido, no desea y no puede asumir.

Aunque ha mantenido la compostura, en el curso de la guerra, que debido a su concepción limitada en escala, espacio y tiempo, el mando ruso cubrió con el eufemismo de “operación especial”, en seis meses hemos visto a Putin improvisar argumentos y explicaciones. Entre los más conspicuos figuran la forja de alianzas para la creación de “un nuevo orden mundial”, cometido que no sólo rebasa las posibilidades de Rusia, sino las de cualquier país.

Un orden económico y político de entidad global, cuando se constituye en necesidad histórica surge y se desarrolla como parte de procesos civilizatorios y no de consignas políticas o por la voluntad de iluminados líderes.

Los cambios de énfasis en las operaciones militares, especialmente la temprana renuncia a tomar las más importantes ciudades, principalmente Kiev, lo cual permitió la sobrevivencia del gobierno de Zelenski, la incapacidad para consolidar y hacer irreversible la ocupación de Donbass y los más recientes reveses en el terreno de operaciones, indican que pueden estarse gestando situaciones que, tal vez pudieran proveer oportunidades para la diplomacia y la inteligencia.

Aunque por razones doctrinarias los enfoques políticos a los que Rusia se aproxima tienden a exagerar el significado de los “gestos” internacionales, las “alianzas estratégicas” que no conllevan compromisos reales y que sistemáticamente evaden pronunciamientos militares, así como los eventos múltiples, su poca influencia en los procesos nacionales, los hace irrelevantes.

Más que dejarse acariciar por los elogios que reciben, Rusia por su manera de afrontar las sanciones y de manejar los suministros de gas y petróleo, y Ucrania por los éxitos en el campo de batalla que ante un adversario como Rusia pueden ser reversibles, ambos deberían estar al tanto de cualquier señal que sugiera un chance para la paz.

También puede ocurrir lo contrario, el conflicto puede radicalizarse y, según consta: no hay peor ruso que un ruso acorralado. Allá nos vemos.