Ya sea que se adopte la narrativa de Génesis, según la cual Dios creó a la especie humana o se acepte la idea de la evolución propuesta por Charles Darwin, todo comenzó en algún lugar de África hace unos 300.000 años.

Lo extremadamente pequeño del núcleo humano original y lo inmenso del planeta, hicieron del poblamiento de la Tierra algo difícil, lento e irregular. Al mismo tiempo, mediante dilatados y complejos procesos espontáneos, en los cuales no se registra intervención divina, la humanidad creció y progresó como entidad genéticamente homogénea y culturalmente diversa.

Debido a la enorme diversidad de circunstancias naturales y sociales y de una infinita sucesión de casualidades, nunca ha existido en la Tierra un poder mundial, cosa no lograda por ninguno de los imperios de la antigüedad y tampoco por los emporios coloniales europeos de la Era moderna.

Lo que ocurrió fue un devenir en el cual se estrecharon las relaciones económicas y comerciales, se fomentaron la fe y se difundieron las religiones, creándose vías y medios de comunicación, que facilitaron la aproximación física de las personas, las culturas y las civilizaciones que, mediante interrelaciones infinitas, cooperación, así como intensas confrontaciones, aproximaron los niveles de desarrollo y delinearon perfiles comunes que dieron lugar a los llamados “sistemas sociales” que, no obstante, no tuvieron escala mundial.

Ejemplo de tales procesos fueron los acaecido en Europa, entre ellos los que dieron lugar al reino de España, a la “aventura atlántica” y a la incorporación de las Américas a los circuitos internacionales, creándose el mercado mundial de materias primas, minerales oro y plata y al comercio de esclavos que incorporó a África a los mercados laborales.

Desde las esencias más profunda de la Economía Política que no es la economía ni la historia, sino una ciencia particular, Karl Marx detectó el surgimiento de rasgos, sobre todo económicos y sociales, asociados al desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción, capaces de caracterizar a una época histórica completa y resumir su complejidad y potencialidades. Así, apareció la categoría de “Formación económica y social”, entre las cuales la mejor definida es el capitalismo.

El capitalismo asociado al predominio del liberalismo económico, político, religioso y cultural, a los regímenes democráticos y a la economía de mercado, no es un sistema político ni una forma de gobierno, sino una época histórica cuyo advenimiento fue resultado de procesos civilizatorios globales.

El capitalismo no se impone porque muchos lo elogien y defiendan, ni desaparecerá por la obra de opositores radicales o influyentes críticos. En ambos casos prevalecerán las circunstancias históricas. Los marxistas ligados a la ortodoxia que insisten en los temores y las críticas, deberían escuchar a Marx: “Ninguna sociedad desaparece hasta que haya desarrollado todas las fuerzas productivas que caben en ella”.

Según una exquisita dialéctica, fuera del alcance del dogmatismo de la escuela soviética, el capitalismo es el mejor entorno para construir un socialismo la altura del momento histórico, es decir, un modelo próspero, sostenible e inequívocamente democrático de lo cual ya existen ejemplos, como Escandinavia, Finlandia, Austria, Alemania, Australia, y otros.

El siglo XX sacudido por la II Guerra Mundial y fecundado por la convergencia entre el liberalismo capitalista y el socialismo marxista, promovió los primeros procesos institucionales de alcance verdaderamente mundial. La ONU y Breton-Woods dieron estabilidad a los procesos de mundialización iniciados con la incorporación de América y África al occidente global.

De la práctica política y mediática se derivaron expresiones extraordinariamente plásticas y con gran potencial comunicacional, aunque con escaso rigor científico, como “Guerra Fría” y “Mundo bipolar”. Más tarde, siguiendo la rima de las metáforas, se adoptó la de “mundo unipolar” y ahora vuelve a insistirse, sobre todo lo hace Vladimir Putin, en la pertinencia de construir un “mundo multipolar” como si simplemente se tratara de reunirse y organizar las cosas de otra manera. Obviamente la historia no funciona así.

Se trata de pronunciamientos políticos y de intentos por construir alianzas que promueven integración económica y avenencias políticas, política pequeña a la cual nadie se opone porque no estorba ni daña, ni compromete, aunque tampoco cambiarán el curso de la historia de la humanidad cuyos caminos están marcados y, en cualquier caso, si de algo no necesitan es de guerras. Luego les cuento. Allá nos vemos