LAS GUERRAS SON EVITABLES Y LA PAZ NECESARIA

Aunque son constantes en el desarrollo social y están presentes en todas las épocas y culturas, las guerras son anomalías civilizatorias cuyo origen obedece a defectos en las estructuras y las relaciones sociales. En última instancia ninguna de ellas ha respondido a necesidades históricas, ninguna ha sido inevitable y, en todos los casos, existía una solución mejor.

Finalmente, todas las guerras son producto de elementos subjetivos: políticas y evaluaciones erróneas, estados de ánimo exaltados, perversión política, codicia, sed de poder, ambiciones de conquista, oportunismo, incluso trastornos de salud de los líderes y caudillos que las provocan, por ejemplo, megalomanía que en guerristas como Hitler fue patológica.
Esa conceptualización, válida para el examen de grandes épocas históricas, y a escala de toda la sociedad, no suprime el hecho de que existen circunstancias en que ciertas comunidades son empujadas a tomar las armas y a combatir. La anomalía no reside en ellas sino en las fuerzas y los factores que crean situaciones en las cuales no existe otra salida.
No sería racional criticar a los defensores de Numancia, a los luchadores por la independencia, ni a los combatientes antifascistas. Lo importante es subrayar que las guerras desatadas por los romanos, los colonialistas y los fascistas eran evitables.
La guerra que hoy se libra en Europa, coincidente con la peor pandemia padecida por la humanidad desde la edad media, es expresión de una situación mundial caótica en la cual confluyen el desequilibrio geopolítico provocado por el colapso del socialismo real y de la Unión Soviética que implicó a unos 50 países en los cuales se realizaron profundos reajustes políticos estructurales y que puso fin al esquema bipolar al cual la humanidad se había adaptado.
Ese fenómeno, coincidió con un auge extraordinario del terrorismo internacional que dio lugar a que se mencionara incluso un “choque de civilizaciones”. El terrorismo transfronterizo realizado por “actores no estatales” tuvo su máxima expresión en los atentados del 11/S en Nueva York, suceso que generó una guerra particular y un auge sin precedentes de la violencia a cargo de Estados Unidos y la OTAN, caracterizado por grandes confrontaciones bélicas en Irak, Siria y Afganistán, agravadas con el surgimiento del Estado Islámico.
Del momento político excepcional forman parte el diferendo nuclear de Estados Unidos y el Consejo de Seguridad con Irán, así como las llamadas “revoluciones de color” que acentuaron la inestabilidad y generaron violencia y evidentes retrocesos políticos y el tsunami político que significó el breve, pero devastador reinado de Donald Trump.
La guerra en Ucrania es parte de esa coyuntura y expresión del desconcierto político general que marca a esta época. Ese conflicto ha sido posible por la diversidad de actores y porque todos se han equivocado.
Se equivocó Ucrania que no supo administrar las situaciones creadas en Donbass y no aprovechó los acuerdos de Minsk para resolver litigios históricos de matriz nacional que nunca se han solucionado por medios violentos, de lo cual da fe su propia historia.
Erró la OTAN al considerar que podía expandirse impunemente hacia las fronteras de Rusia sin atender los legítimos reclamos de seguridad de la superpotencia militar eslava que no solo eran atendibles, sino beneficiosos para la seguridad colectiva de toda Europa.
Se equivocaron los Estados Unidos que, como núcleo de la OTAN, en lugar de promover racionalidad, echaron leña al fuego y, como principal potencia mundial, a cuya iniciativa se debe la ONU, en cuyo territorio se redactó la Carta que la preside y cuya aprobación fue proclamada por uno de sus presidentes, no fue consecuente con sus responsabilidades por la preservación de la paz mundial.
Por justificadas que sean algunas de sus demandas, Rusia falló al escoger la peor opción y desatar una “guerra preventiva”, antes de utilizar los enormes y eficaces recursos políticos y militares que posee para procurar que sus reclamos fueran escuchados. El país que pago el más alto precio frente a la aventura nazi, que siendo el núcleo de la Unión Soviética apostó por la coexistencia pacífica y la paz mundial y resolvió sin violencia la crisis derivada de la disolución de la URSS, no debió ceder a la tentación de usar su abrumadora fuerza militar cuando disponía de otras alternativas.
A los equívocos del momento se suman el desmesurado entramado de sanciones que, aunque afectan a Rusia, dañan decisivamente a la población europea, creando tensiones nacionales y más allá de sus objetivos específicos, generan daños colaterales que impactan negativamente, entre otros a los mercados mundiales de la energía, los alimentos y los fertilizantes y convierten a la economía mundial en rehén de una guerra en la cual todos los actores pierden más de lo que ganan.
La acosadora rusofobia, injustificadamente convierte a los rusos en enemigos de occidente, perjudica a artistas, académicos, deportistas, científicos, periodistas y funcionarios, muchos de ellos opuestos a la guerra, mientras la censura y la exclusión que no diferencia a Fiódor Dostoievski de los turistas o estudiantes rusos, desmiente la tolerancia y pluralidad que son banderas de la democracia occidental y esencia de sus valores.
La buena noticia es que, si bien todas las guerras son evitables, todas terminan, en la mayoría de los casos mediante negociaciones y acuerdos de las partes. Es lo que se necesita en Ucrania con urgencia. La ONU, el papa y estadistas como Xi Jinping, Recep Tayyip Erdogan, Emmanuel Macron, Angla Merkel, Henry Kissinger y otros, incluidos latinoamericanos como López Obrador, presidente de México y Lula de Brasil, pudieran interponer sus buenos oficios para lograr, primero un cese al fuego y luego la paz.
En la búsqueda de la paz en Ucrania, para poner fin a una guerra de nefastas consecuencias globales, es imprescindible la buena voluntad y la determinación de Vladimir Putin, Joe Biden y Volodímir Zelenski, de quienes depende hoy la seguridad y estabilidad mundial. En cualquier caso, es más fácil y de mayor mérito lograr la paz que hacer la guerra. Allá nos vemos.